Solo sé que vivía en el sur
Y que me amaba.
Le puso mi apellido a sus calcetines,
a la rutina, a la avenida de una ciudad que nadie conoce.
A la tristeza de un cuarto de 4x2, con un teclado como arma
y el mouse como testigo puntual de ese amor que profesaba.
Me amaba,
nunca pude convencerla de lo contrario.
Decía con sus ojos que lo nuestro no fue
la casualidad que yo presumía.
Y que su hijo llevaría mi nombre.
Un hijo que no sería mío,
pero que la haría reír
tanto
como yo.
Si te escribo, mulata
es porque tampoco me he olvidado de ti.
Verás, puedes andar por ahí
y presumirle a quien quieras
que yo
te hice un bonito altar
antes de que murieras.
Un poema donde puedas vivir
para cuando haga falta viento
para tus tormentas.
Para cuando quieras un momento que dure
para siempre,
un verso que puedas volver a leer.
Y perder
construir
reír
dar
recibir
y
volver a caer.
Ella me dijo que para hacer el amor
había que ir al sur,
y no lo entendí
hasta varias derrotas después.
Cuando ya no hacían falta
las palabras,
ni la literatura,
ni la mierda que yo le contaba.
Cuando ya no hacía falta
que se pusiera su mejor brassier,
ni que me paseara sus medias
por mis negras ganas.
Ella está donde debería estar,
en unos brazos fuertes
que sostienen sus pulmones,
donde no necesita ninguna promesa
donde se acabaron las bromas
y los versos.
Donde sólo hay realidad
y no estoy yo.
Ella está donde no necesitan escribirle
piropos en la arena
sino vivirle en cada huella que deja.
Tú, mujer, donde sea que te haya llevado el mar
que te quedó a deber tanto.
Ve a buscar esas latas de supermercado
con el abrazo de un él que nunca fui yo,
ve a buscarte en el muelle
donde hay un alguien que sigue sin ser yo,
latiendo
esperándote.
No te preocupes jamás
de lo que no pudimos lograr.
Pues la caída en el amor
es el triunfo más bonito.
