Beso a verso, hasta que terminemos el abecedario, Amor.

jueves, 2 de julio de 2020

Cambio de luces

Era una mañana cualquiera,
en esa ciudad de viajeros estacionarios.

El gris perfecto del pavimento había anunciado ya,
una rutina plagada de recuerdos
-como siempre-

Ensombrecí una calle sin nombre un poco antes de las 8.
Y con la osadía y la arrogancia de mi mirada, una parte de mí
se fue en una piel pálida escondida bajo un saco a cuadros.
Casi burlándose de la moda y sus complejos.

Sus ojos…
Ah!, déjenme les cuento.
Merecían un alfaverso repleto de poetas por cada antojo.

No sé bien que veía en mí.
-Habría sido un error interrumpir la magia-

Mientras deducía que quizá era un poco masoquista
(por eso de no dejar de verme)
los ojos incrédulos de aquella solo podían ver el nerviosismo del escenario
cual principal actor fue, aquél que nunca le preguntó la hora
por más ganas que tenía ella guardadas
para decírsela.

El verde en los autos
y el alto en sus zapatos
se hicieron eterno
en sus izadas mejillas.
Ella recorría mi mundo en sus pupilas
como si lo hubiera hecho durante las últimas cien mil pesadillas.

Ahí estaba, ella, a 10 abrazos de distancia,
a la estatura de mis mejores deseos
a 5 metros de ganas por probarla.

Con una ingenuidad de colegiala,
como una américa preparándose 
para ser descubierta.

Fueron los instantes
mas eternos de mi existencia
y con los ojos de ella encima
hasta el silencio se calló.

No sé bien a qué sabía,
ni el cómo la llamaban.
A mí,
solo se me ocurrieron 1987 formas de decirle
“que no se fuera nunca”.

Aunque no pueda probar mi teoría
juro que los relojes se detenían
en cada contorno de su sombra.

No quería que siguiera el tiempo, 
sentí que por ese instante habían valido la pena 
todos esos precipicios:
una cara de nieve en la avenida perdida,
estábamos ahí para cumplirnos, 
son esas las cosas que tiene el puto y maravilloso destino.

ella se volvió,
y la tierra se conmovió
-y recordó-
que tenía que seguir girando.

Ella fue,
la historia de por aquí que nunca tuve.
Y que siempre recordaré.

Sin parpadear intenté seguirte, 
y como casi todos aquí, 
saliste huyendo, 
como si un asesino te persiguiera para darte fin, 
yo que estaba ahí como buscando un inicio (otro).

Tal vez tenga que decirte que solo por esa mañana
valió la pena la aventura voluntaria
de haberme querido perder en ese reino que escondes
tras tus ojos homicidas.

Que basta una mirada para que te cambie la vida.
Ah! Y un semáforo vestido de rojo.

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