De repente, así sin más, vuelves la cara hacia la vida y ruegas a los amaneceres que perdiste; volver a probar aquella miel, volver a sufrir la mirada de aquellos ojos que juraste no volver a soñar, por cobarde, por pánico a echar de menos la compañía.
A veces, sobretodo cuando el final de temporada de tu novela favorita no fue lo que esperabas, extrañas alguien que te contradiga, que te lleve a lo desconocido y contracorriente, pero de la mano, que te cante canciones de cuna y que te bese sólo porque le dio la gana y no porque estuvieras de humor, que te haga ver que no eres el centro del mundo, pero que se centre en tu cuerpo, que no deje de comértelo aunque haya fiestas patrias o su religión no se lo permita, que tenga identidad propia pero que intente a diario el camuflaje con tus labios, que descubra nuevas alegrías en cada esquina que te hayas abandonada, que le guste besar tus pecas pero que prefiera lamerte los pecados, que te niegue el sexo los domingos, pero que te despierte con un orgasmo los lunes, que no haya nada que no hiciera por ti.
Algún loco como yo.
Pero tú ya no eres la que iba a cambiar mi mundo y yo ya no soy ese loco.
Te diste cuenta mucho antes de lo que yo varias botellas y desvelos después; no fuimos hechos para amarnos, sino para equivocarnos.
Es entonces cuando te amarras el cabello y te largas donde yo ya no puedo seguirte, vuelas muy por encima de las ruinas con los ojos cerrados y yo hundido en los recuerdos mas despierto que nunca, sonríes como si nunca te hubiera sucedido y saboreas el revolver que cargas por si las dudas, las que nunca tuviste conmigo, te duermes a cuestas en ese barco de libertad que te has impuesto, todavía llevas la marca de las cadenas que tenía nuestros nombres, compras por mayoreo esas sonrisas baratas de los que llamas tuyos, vales el precio del nuevo carro que te compró el hombre al que llamas el amor de tu vida, has legalizado aquello que estaba prohibido. Todas las convicciones escritas en los carteles yacen en lágrimas confundidas por el agua de la regadera, te tragas la vida en el vino de los jueves, casi ebria por una herida de muerte al filo de la vida.
Y nadie parece notarlo.
Tú, la maestra del engaño para la rutina, la que prefería morir en el intento de un beso que en la perpetua espera del desconocido que llega a tu casa vestido de corbata.
Tú, la que etiquetabas a los amores como juez y dios y decías que la luna la habías compuesto para entretener a los idiotas como yo.
Pero no. Te falló, te había salido mal el último de tus disparos, dime quién te hizo creer que el amor es un destino obligado y no una voluntad por coincidencia.
El camino de tu mirada tiene la misma necesidad que el mío: regresar al pasado en el punto exacto en que esto dejo de ser. Regresar, sí, como un asesino arrepentido, como si hubiéramos cometido el peor de los delitos: dejar de amarnos. No tengo ni la mitad de las ganas para intentarlo y no te veo esa seguridad titánica para irte de mi mundo de miserias. Nos salió muy caro este remate de corazones amor mío, ahora no podemos esconder esta vergüenza de conformismo. Anda, vamos a comernos los gusanos que nos restan para hacer menos pesada la despedida.
Entre mil pesadillas siempre apareces tu al final del final: diciendo una y otra vez lo mismo, sonriéndole al retrovisor a modo de sarcasmo y cayendo en esta maldita iteración que no termina: ya olvídalo muchacho, no tiene caso.
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