Han salido a dar la última estocada
los fantasmas de los insomnios.
Hoy han tenido el valor.
Se han mofado de las utopías
y de los planes a futuro,
de esos que haces cuando estás enamorado.
Mientras,
del otro lado de la acera
con la mirada fija en un vagabundo
te ropas con pasajeros sin rumbo,
pero con un destino.
Y crees por un momento
que eres parte del escenario perfecto.
Que hasta llegas a pensar en ilusiones paganas,
en ironías desechables
solo al verla varada en andenes de paso
moviendo su cabello con el mismo aire que respiras.
Y te sientes dichoso.
Piensas,
y hasta escribes de momentos
como si ya lo hubieras tenido planeado
-y sin quererlo-
te has vuelto piedra
en la ciudad perdida de los derrotados.
Y todo
por no vivir,
por no sentir.
Es casi imposible ser breve
en un reino de espacios
pero sin tiempos,
con puentes en cada esquina
y con vagones de tren cargados de historias suicidas.
Que hasta te da gusto a veces estar triste,
condenado.