Y al calce de las medallas que llevan orgullosos los cobardes
he dejado que pongan una prosa mía,
como homenaje
a todos los imposibles del mundo.
Juro que te amé,
y a prueba pongo todas esas botellas vacías.
Esos brindis de alcohol barato
con los que soñaba
a que seguías mis pasos,
con los que pensaba que
solo habías tomado otro camino
pero que al final terminaríamos
por encontrarnos.
Que tonta fue la poesía
que idiota fui al pensarlo.
Te pido, preciosa.
A forma de solicitud irrevocable:
Piensa en él, cada vez que recuerdes mi nombre.
Piensa en las azoteas, en los parques,
en las aceras que destrozábamos a besos.
Piensa en todas esas veces que se nos olvidó comer,
por comernos.
Por la urgencia necesaria
de enjaularnos los labios.
Piensa en las mañanas que nos regalamos
en esos diciembres que parecían veranos.
Piensa en el mar
cuando quieras recoger una lágrima.
Y piensa en mí
cuando te apunten el cielo.
Dicen que la mejor forma de seguir
es superarte. Pero apuesto todas mis tormentas
a que las estrellas se ven mejor con los ojos cerrados;
porque tú me lo enseñaste.
No sabrías reconocerme en este mes
de remembranzas, de silencios.
No podrías encontrarte ni tú
señorita resaca, la última vez que te vi
ibas tan perdida, pero tan bonita.
Serás la dieta de mi desamor,
seremos los héroes que este mundo no necesitaba.
Mi alma reclama aquellas derrotas de lunes
que terminaban en viernes.
Todas esas putas borracheras con las que buscaba
no acordarme de los errores,
con las que buscaba olvidarte.
Ése era yo
amiga mía
sin poesía
todas esas noches.
Perdona.
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