Justo ayer
que podría haberme jugado los versos a que no llovía.
Salí del trabajo,
sí, de esa puerta pequeña por la que han pasado tantos
Y me inhale la tristeza de un valle
que pide a gritos poesía
amor
y sexo.
Yo
vi a una metrópolis despeinarse,
la miré con el olor de un pavimento humedecido por lo salvaje
con unos charcos haciéndose caricias para intentar gustarle a algunas piernas que quisieran mirarse,
Quién no quisiera ser espejo después de una buena minifalda, me dije.
Me paré frente a una de esas aceras que han vivido desde besos hasta suicidios, que han amado tanto al incauto, como al precavido.
El agua cayendo y yo creyendo que era culpa del destino. Que yo estaba ahí porque en algún libro, un Dios quiso escribir mi nombre con sabor a derrotas, con la malicia del villano de una historia que debía ser contada en prosa.
Creí que mi vida estaba pagada para ese momento, para ese olor a tierra extraña.
Busqué con ansia unos ojos que pudieran acompañar esa soledad de estar entre millones sin decir palabras.
Nada.
No encontré tacones,
ni minifaldas.
Solo seguía ese olor a vacíos.
Entonces lo comprendí
y recordé que
le conocí a ella en verano.
El amor es ahora una retrospectiva del hubiera.
Pinté mi mundo con el color de sus manos y me hice todo un abecedario con las letras de su nombre. Todos las novelas contaban siempre la misma historia de amor, la nuestra, tan imposible como tu delicadeza con la cocina.
Las únicas rimas que sabía en aquel entonces eran aquellas que terminaban en 'algún día'
aprendí a llevar de la mano a las promesas,
creyendo siempre, con el afán de los enamorados tener el tiempo suficiente para cumplirle.
Casi todos nos equivocamos con eso del amor de tu vida.
Pero yo iba orgulloso de las cadenas, como quien sabe que la sentencia es llevar a pasear a su recuerdo por las esquinas
para luego brindar en bares por unos labios que se muerden en la boca de otro nombre.
Estaba muy claro:
seguía buscándole aun sabiendo de no encontrarla.
Y me enojé con migo, y con el cielo.
Trate de encontrar en ese asfalto
alguna musa de andenes
o de paso.
Alguien que pudiera quitarme el mal sabor de boca de una guerra perdida.
Mi vida
siempre fue un paisaje de arenas donde ganaría el que mejor se perdiera.
He aquí el ganador de los objetos perdidos.
Y al final
es solo eso:
Ésta ciudad se ve mas bonita mojada
y sin versos.
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