Me robaron tu historia y hasta tus ojos.
Me dejé asaltar por el ego de mi frágil seguridad, me brinqué el paseo cortejal de la avaricia de quererte, se sentía genial en esos días, tan lejanos y tan clavados en la fotografía de nosotros postrados en el lobby de ese viejo hotel, qué locura fue aquella.
Mas sereno, me sorteo la aventura de estar vivo (de seguir), hay muchas puertas frente a mi. Sin saber si entro o salgo soy algo más precavido ahora, me fijo en la cerradura y empiezo a explorar cual profeta a su fe, tú ya no dices nada y yo exploto en palabras, y no sé si yo las escribo o tú las inspiras, poesía o no, esto parece doler menos cada vez. O es quizá la anestesia de este día con olor a gris y pintado de humedad el que me hace estar recordando, yo que sé.
Tal vez fue mejor así, que en nuestra historia no sucedía el tiempo, sólo velas en los cumpleaños, y canciones, muchas canciones.
Y tú llevabas lágrimas, de esas con las que pudimos haber endulzado la tristeza de todo el mundo.
Sucedimos, y lo nuestro fue y será eterno en el tiempo en que nos duró. Aprendíamos del amor a sonreír, y recorríamos todos los inviernos en un tono azul que te proclamaste. Diré, sin temor a equivocarme, que aún somos eternamente felices en esos siete años.
Los miro a ellos y no se parecen en nada a nosotros. Ellos, se quedaron destilando ese aroma, que a veces alcanzo a oler en esa ciudad que nos habrá visto nacer y hacer.
Para de llorar cariño, silenciosamente gritando, que esta vez no hay ganas de morir,
ni de vivir.
El espacio que ocupabas se llena de tiempo, como haciendo un efecto de gravedad a la inversa, alejando a todo aquello que quiera acercarse a menos de un hola de distancia y a una mirada de 'me gustas'.
Hemos cumplido el destino.
Pero,
¿y quién nos cumple a nosotros?

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